Primero fue la palabra. Toscos dibujos la siguieron, que acabaron conviritiéndose en letras que formaron libros y guiones que mejoraron ese arte que es el teatro. Más tarde, el teatro evolucionó gracias a la tecnología y nació el cine, donde todo era posible, pero intangible. En ningún momento el espectador dejó de serlo, un intruso que, desde la lejanía, observa cómo se desarrolla la acción enfrente o alrededor de él. Hasta que aparecieron los videojuegos.

A través del joistick el jugador puede interactuar de forma directa con un mundo que ha sido creado exclusivamente para él. Tan rico en profundidad como la mejor literatura, tan vistoso como el cine y, además, donde el jugador es el protagonista. Por eso, y algunos otros motivos, más de miedo que de peso, hay quienes piensan que hacer películas basadas en la historia de los videojuegos es, no solo un sacrilegio, si no un paso atrás. Al fin y al cabo, lo que hace es negar la naturaleza activa del gamer y lo convierte, de nuevo, en un espectador, que es la naturaleza del cine.

Pero, como todo, esto depende de muchas cosas y de muchas personas. En realidad, hacer películas basadas en videojuegos puede ser muy beneficioso para el universo de este.

Por supuesto, existen, muy a su pesar, películas como Resident Evil, Mario Bros, Tekken (Yoshimitsu con pistola, vamos), Street Fighter de Van damme (y su vaina loca), Prince of Persia (¿Dastan? ¿En serio? Aunque comparada con el resto, hasta se salva), el segundo mayor fracaso de la historia del cine, Final Fantasy: la fuerza interior o la esperpéntica adaptación de Hitman (sin comentarios) entre otras tantas.

Por supuesto, el cine también ha creado cosas como Max Payne, Final Fantasy VII: Advent Children (no exenta de polímica, cierto) o Silent Hill (su pega: un poco lenta). Obras de culto que, si bien no pueden adaptar a la perfección una historia de horas y horas de duración en 90 minutos, consiguieron un resultado muy loable.

Por eso, dado que la industria del cine es capaz de crear tanto las más bellas obras como las más atroces (Dragon Fail Evolution), cada vez que se anuncia una nueva película basada en un juego los gamers tiemblan, tanto de ilusión como de miedo.

Actualmente, en 2016, están previstas dos películas de estas que marcarán un hito histórico por el hype que están generando. Warcraft y la película de Assasin’s Creed. Solo tienen dos opciones: o son un fracaso total o se convierten en las mejores películas.

Por lo pronto la opinión del público es muy favorable, al fin y al cabo, Blizzard tiene suficientes fondos para crear la mejor producción de la historia y el lore del universo de Warcraft es inmenso, con una historia rica y abundante.

Ubisoft, por su parte, se mira más con lupa todo lo que haga (desde AC: Buggyty) y el recelo de la primera película de su saga está justificado pues se trata de una historia original. No obstante, aún falta tiempo para poder emitir un juicio sobre esto.

El cine crea espectadores, los videojuegos, protagonistas. Observar la acción desde fuera o ser el centro de ella. ¿Las películas de videojuegos hacen retroceder a los gamers? No. La mentalidad a la hora de jugar no es la misma que la de ver una película, porque no es lo mismo (puede parecerse, pero no es igual).

Como siempre, todo depende. Si la película respeta la esencia de la obra original y amplia su universo de una forma correcta, sin duda será una buena película. Pero los productores que se hacen con los derechos del juego y hacen lo que quieren con ello, da igual a quien se lleven por delante, esos, la única forma que tienen de salvarse es crear un largometraje que respete a la obra y los fans.

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